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El taller del Maestro

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 “El taller del Maestro no es un lugar donde ir, es un espacio que encontramos para orar… Una vez allí, el Maestro con sus herramientas especializadas en aflojar el odio y apretar el amor, trabaja diligentemente para repararlo todo, es así como volvemos a estar en pie y rejuvenecidos como las águilas.”

Dios ha instituido la sanidad como un sello particular y único de su infinito Ser. Su presencia siempre trae sanidad, repara lo dañado, restituye lo quebrantado. Es incansablemente un Sanador, un infinito proveedor de soluciones y un excepcional hacedor del  bien, el salmista David lo expresa de esta manera:

Salmos 103:1-5:

Bendice,  alma mía,  a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. 

Bendice,  alma mía,  a Jehová,  y  no olvides ninguno de sus beneficios.

Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias;

El que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias; 

El que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila.

Cuando una persona se enferma, su quebranto no es solo físico, psicológicamente se inicia un desmejoramiento de la actitud mental, al punto de afectar el sistema inmunológico de su cuerpo. Las afecciones mentales pueden llegar a ser tan severas que algunos medicamentos suministrados no surten efectos positivos. Esta condición emocional y mental termina por derrotar la voluntad positiva y el deseo de superar la adversidad, desatando lo que clínicamente se denomina “colapso depresivo”.

Salmos 6:2-9

Ten misericordia de mí,  oh Jehová,  porque estoy enfermo;  Sáname,  oh Jehová,  porque mis huesos se estremecen.

Mi alma también está muy turbada;  Y tú,  Jehová,  ¿hasta cuándo?

Vuélvete,  oh Jehová,  libra mi alma; Sálvame por tu misericordia. 

Porque en la muerte no hay memoria de ti;  En el Seol,  ¿quién te alabará?

Me he consumido a fuerza de gemir;  Todas las noches inundo de llanto mi lecho, Riego mi cama con mis lágrimas.

Mis ojos están gastados de sufrir; Se han envejecido a causa de todos mis angustiadores.

Apartaos de mí,  todos los hacedores de iniquidad;  Porque Jehová ha oído la voz de mi lloro.

Jehová ha oído mi ruego; Ha recibido Jehová mi oración.

Un creyente cristiano no cesa en su deseo de ser sanado, llena su mente de la suficiente palabra de Dios para combatir el desánimo, para enfrentar a la depresión, él sabe que Dios oye sus oraciones, él sabe que tiene un Padre Sanador, y por si fuera poco, la iglesia toda ora por él, y él lo sabe, (Santiago: 5:16) ¡“Aleluya”! ¡Qué bueno es saber esto! Cuánto conforta el corazón de un hombre, cuánta sanidad produce, cuánto poder sanador se irradia. Esto es lo que yo llamo “estar en el taller del maestro.”

Jesucristo fue un gran representante de este oficio, Marcos relata cómo la gente reaccionaba ante la labor del maestro:

Marcos 6:53-56:

Terminada la travesía,  vinieron a tierra de Genesaret,  y arribaron a la orilla.

Y saliendo ellos de la barca,  en seguida la gente le conoció.

Y recorriendo toda la tierra de alrededor,  comenzaron a traer de todas partes enfermos en lechos,  a donde oían que estaba.

Y dondequiera que entraba,  en aldeas,  ciudades o campos,  ponían en las calles a los que estaban enfermos,  y le rogaban que les dejase tocar siquiera el borde de su manto;  y todos los que le tocaban quedaban sanos.

Los discípulos, Pablo y todos los seguidores de Cristo, manifiestan esta característica principalísima de Dios en su andar cotidiano: la sanidad.

Lucas 9:1-2:

Habiendo reunido a sus doce discípulos,  les dio poder y autoridad sobre todos los demonios,  y para sanar enfermedades.

Y los envió a predicar el reino de Dios,  y a sanar a los enfermos.

 

Hechos 5:12-16:

Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo;  y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón.

De los demás,  ninguno se atrevía a juntarse con ellos;  mas el pueblo los alababa grandemente.

Y los que creían en el Señor aumentaban más,  gran número así de hombres como de mujeres;

tanto que sacaban los enfermos a las calles,  y los ponían en camas y lechos,  para que al pasar Pedro,  a lo menos su sombra cayese sobre alguno de ellos.

Y aun de las ciudades vecinas muchos venían a Jerusalén,  trayendo enfermos y atormentados de espíritus inmundos;  y todos eran sanados.

 

Hechos 8:5-8:

Al oír Ananías estas palabras,  cayó y expiró.  Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron.

Y levantándose los jóvenes,  lo envolvieron,  y sacándolo,  lo sepultaron.

Pasado un lapso como de tres horas,  sucedió que entró su mujer,  no sabiendo lo que había acontecido.

Entonces Pedro le dijo: Dime,  ¿vendisteis en tanto la heredad?  Y ella dijo: Sí,  en tanto

¿Cómo recibir sanidad? La respuesta compleja es tan simple como: “creyendo”. Si alguien le dice lo contrario, miente. No se deje engañar, creer es la llave que abre las puerta para recibir cualquier cosa de Dios, todo lo demás son mentiras del mundo. No tiene que ofrecer velas, penitencias, o donaciones, estas cosas son una vil mentira, Dios ama al dador alegre, pero eso es distinto a querer tranzar un negocio con el Altísimo, los favores de Dios no pueden ser comprados, cancelados y facturados, no,

Veamos algunos versículos que nos ayudarán a comprender el “cómo recibir sanidad”:

Juan 5:5-6:

Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo.

Cuando Jesús lo vio acostado,  y supo que llevaba ya mucho tiempo así,  le dijo: ¿Quieres ser sano?

Este versículo me estremeció profundamente. Imagínese a una persona que esté padeciendo una enfermedad desde hace 38 años, ¿Usted sería capaz de preguntarle si él desea ser sanado? ¿Qué cree que esa persona le respondería?

Me tomó un poco comprender esto, pero ciertamente existen personas que no desean ser sanadas. Ellos aparentan lo contrario, pero en realidad han hallado un lucro en su enfermedad, un estado de comodidad, o se han convencido de que es una condición de la cual es imposible salir. ¿Puede ser esto cierto? Sí, algunas personas usan su enfermedad como una excusa, otros la usan para llamar la atención o convertirse en el centro de atención, otros con resignación han creído en su corazón que no pueden ser sanados, y muchos simplemente la han convertido en su trabajo diario.

Para recibir sanidad, lo primero que se debe hacer es desearlo de todo corazón. Este deseo profundo se transforma en creencia positiva y no deja lugar a la duda. Entonces y sólo entonces usted estará preparado para recibirla. Usted ha entrado al taller del maestro del cual saldrá absolutamente restaurado,  Dios lo ama tanto que desea verlo lleno a plenitud, usted es su hijo amado, usted es su joya preciosa, no tema manifestar ese poder, no tema manifestar vida, y vida abundante. Ser sano es más que un simple deseo, es más que un sentimiento, es la decisión y convicción total de que el poder de nuestro Señor Jesucristo se manifestará en su vida. Amen, amen.

Hechos 14:8-10:

Y cierto hombre de Listra estaba sentado,  imposibilitado de los pies,  cojo de nacimiento,  que jamás había andado.

Este oyó hablar a Pablo,  el cual,  fijando en él sus ojos,  y viendo que tenía fe para ser sanado,

dijo a gran voz: Levántate derecho sobre tus pies.  Y él saltó,  y anduvo.

 

Mateo 4:23-25:

Y recorrió Jesús toda Galilea,  enseñando en las sinagogas de ellos,  y predicando el evangelio del reino,  y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

Y se difundió su fama por toda Siria;  y le trajeron todos los que tenían dolencias,  los afligidos por diversas enfermedades y tormentos,  los endemoniados,  lunáticos y paralíticos;  y los sanó.

Y le siguió mucha gente de Galilea,  de Decápolis,  de Jerusalén,  de Judea y del otro lado del Jordán.

¿Cómo sabía el pueblo, en el relato de Mateo, que Jesús era el Cristo? Por la sanidad que producía a sus seguidores; incluso el  milagro clave, único e irrepetible de Jesús fue un  milagro de sanidad, sanar a un ciego de nacimiento:

  Juan 9:1-9:

Al pasar Jesús,  vio a un hombre ciego de nacimiento. 

Y le preguntaron sus discípulos,  diciendo: Rabí,  ¿quién pecó,  éste o sus padres,  para que haya nacido ciego? 

Respondió Jesús: No es que pecó éste,  ni sus padres,  sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. 

Me es necesario hacer las obras del que me envió,  entre tanto que el día dura;  la noche viene,  cuando nadie puede trabajar.

Entre tanto que estoy en el mundo,  luz soy del mundo. 

Dicho esto,  escupió en tierra,  e hizo lodo con la saliva,  y untó con el lodo los ojos del ciego,

y le dijo: Ve a lavarte en el estanque de Siloé  (que traducido es,  Enviado).  Fue entonces,  y se lavó,  y regresó viendo. 

Entonces los vecinos,  y los que antes le habían visto que era ciego,  decían: ¿No es éste el que se sentaba y mendigaba? 

Unos decían: Él es;  y otros: A él se parece.  Él decía: Yo soy.

El deseo de Dios es que usted seas sano ¡Aquí y ahora! Que viva una vida más que abundante, que pueda adorarlo con el corazón pleno de salud. Pero, si por alguna circunstancia se encuentra decaído, ¡no olvide que el taller del Maestro está abierto para usted!

 Salmos 103:1-5

Bendice,  alma mía,  a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. 

Bendice,  alma mía,  a Jehová,  y  no olvides ninguno de sus beneficios. 

Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias;

El que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias; 

El que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila.

 

“El taller del maestro no es un lugar donde ir, es un espacio que guardas para encontrarte con el Dios de amor…”

 

 

 

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